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Hernán Prieto Vial: A riego tendido

Por: Montserrat Molina C.Fotos: Familia Prieto y archivo Revista Socios

Muy querido por su familia, amigos y el Club de Polo completo, don Hernán Prieto dejó, sin duda, una huella imborrable. En esta edición quisimos recordarlo con cariño. He aquí un pequeño resumen.

Cuesta mirar las canchas 1 y 2 de polo y no ver a don Hernán ahí… observando… cuidando, tal como lo hizo por más de 30 años en su querido Club de Polo. El 6 de abril se cumplieron cuatro meses desde que nos dejara, a la edad de 87 años, y aún se le echa de menos.

Nació en Pirque en 1934 y fue el mayor de siete hermanos. Durante la década de los 30, su familia comenzó a venir a Santiago para que los niños estudiaran en el Colegio The Grange. Según contó en una entrevista realizada para el libro de los 70 años del Club de Polo, viajaban en carreta por casi 30 kilómetros, ya que no había autos; andaban coches a caballo. Cuando tenía cerca de 13 años su familia se hizo socia del Club y comenzó a ir también en carreta a jugar polo con sus amigos Pablo Leal, Alfonso Rozas, Eugenio Silva y Rodrigo Vial. Después del colegio hizo el servicio militar en el Regimiento Catadores de Santiago y luego tuvo un cargo en Fiat, hasta que en plenos años 80 llegó a trabajar al Club. Lo llamó su amigo Alfonso Rozas, quien le pidió viniera a “ordenar el fundo”, y le gustó la idea. Su labor terminó en 2016 con la cariñosa despedida de toda la familia del Polo.
“El Club de Polo fue su segunda casa. Recorría –de lunes a domingo– las canchas de polo, golf, equitación y tenis; se preocupaba personalmente de que no faltara nada y que todo funcionara a la perfección. Esta pasión la heredó de su madre, doña María Vial Freire, quien amaba los jardines”, cuenta su hijo Hernán.
“Siempre decía que sus canchas eran las mejores del mundo. Por otro lado, cuidaba a sus trabajadores como si fueran parte de su familia. Con cada uno de ellos tenía una gran complicidad y lealtad”, agrega.

Don Hernán estuvo casado por primera vez y durante cinco años con Bárbara Edwards Fell, matrimonio del cual nacieron Verónica y Hernán. Luego se casó en segundas nupcias con Rosita Gayangos, con quien permaneció por 50 años hasta el día de su muerte. De esta unión nació una única hija mujer llamada Francisca Prieto Gayangos. Este también era el segundo matrimonio de Rosita, quien ya tenía tres hijos, Catalina, Gonzalo y Verónica Wood, a los cuales don Hernán quiso y cuidó como propios. Tuvo 25 nietos.
Para Rosita, su marido fue un gran compañero: “Y muy buen papá, abuelo y bisabuelo. Un hombre íntegro, sencillo, muy trabajador y muy amigo de sus amigos. Sus mayores pasiones fueron los caballos y el polo. Le encantaba ver jugar a su hijo, yerno, a su querido Roly Vial y nietos. Éramos muy unidos, me hace mucha falta… me dejo un gran vacío”, cuenta.
Para Hernán Prieto Edwards, su padre era un hombre sencillo, de campo, que con gusto se sacaba los zapatos y se arremangaba los pantalones para pisar las canchas mojadas, para luego regarlas personalmente con sus trabajadores. “Tenía un particular sentido del humor. Siempre salía con algún dicho divertido que hacia reír a cualquiera. Gozaba de los deportes, sobre todo del polo y el rugby. Para él era un gran panorama ir a vernos jugar rugby. Se sentaba en las graderías y gritaba a todo pulmón: ‘¡Vamos Hernán!’… todo el equipo se enteraba que don Hernán Prieto había llegado. Fue un hombre alegre, preocupado, lo voy a recordar como un amigo más que como un padre, quizás me faltó mucho conversar con él”.
Catalina Wood Gayangos, atesora los mejores recuerdos de don Hernán. “La sencillez fue una de sus grandes virtudes. No hacía distinciones entre clases sociales, para él todo el mundo era igual y siempre tenía una palabra amable y cariñosa para quien la necesitara”.

Verónica Wood cuenta que lo que más puede destacar de su padre es su sencillez y entrega por todos sus hijos: “Un día de lluvia me llevó al colegio y de vuelta a la casa su auto quedó en pana, entonces tuvo que volverse caminando con pijama. Como era tan temprano, solo se había puesto bata y pantuflas. En la tarde me lo contó muerto de la risa. ¡Yo no podía creerlo! Así era mi negro querido”.
Para Gonzalo Wood Gayangos, hablar de Hernán Prieto Vial es difícil: “Llegó a mi casa cuando yo tenía siete años. Era una gran persona, un tipo humilde, de pocas palabras, muy preocupado por nosotros. No conozco otra persona con esa nobleza y generosidad. Para mí fue un padre, viví con él muchos años, fuimos muy amigos y antes de su muerte conversamos mucho”.
Su hija menor, Francisca, lo recuerda como un hombre justo, con un corazón gigante, cariñoso y adorable. “Además, fue un luchador que supo sortear las dificultades que se le presentaron. Era agradecido al máximo y hasta sus últimos días disfrutó vivir. Gozó con cada nieto y se alegraba con cada uno de sus logros. El vacío desde que se fue es enorme, es mi gran ejemplo de vida y de lucha”.

Por su parte, Verónica Prieto Edwards, recuerda que “como vivía a pocas cuadras de las canchas 2 y 1, siempre estaba atento con su walkie talkie prendido. 102 era su número y sonaba a las horas más insólitas, ante lo cual él se paraba y partía, sin importarle nada más: ‘Algo pasa en el Club’”, decía.
Caminaba diariamente los jardines y las canchas preocupado de cada rosa, árbol y detalle para lograr el maravilloso lugar que es hoy. Su equipo de trabajo eran sus grandes amigos.
Mención aparte eran las canchas de polo, las cuales recorría de punta a cabo, antes y después de cada partido, después de una lluvia, para ver si estaban en condiciones de ser utilizadas. Por supuesto, todos los jugadores se mostraban expectantes a la decisión final de don Hernán: ‘¿Se juega o no se juega?…’. Lo primero era cuidar las canchas y jamás se dejó llevar por presiones de nadie. ‘Era libre, solo seguía su conciencia y el bien del Club. Lo que decidía se hacía y respetaba. Qué orgullo más grande fue haber visto que su palabra era tan valorada por todos. Estoy segura que sus nietos llevarán su legado muy lejos”, concluye Francisca.